BUJÍAS: NO ES UNA CHISPA CUALQUIERA
- Cristian David Gutierrez Rojas
- 31 may 2021
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 15 jul 2021
Tomado de Revista Motor
Un nuevo vistazo al mundo de las bujías, sus materiales que van desde oro hasta níquel, los mitos y errores que se cometen y su larga vida

Hace muchos años, cuando sincronizar un motor era una operación casi obligatoria cada 5.000 kilómetros porque los componentes externos se dañaban pronto o porque cambian de reglajes por desgaste, era rutinario que la factura llevara el cobro de condensador, platinos y bujías. Para empezar…
Hoy, los dos primeros elementos no existen en los carros modernos y las bujías duran hasta 100.000 kilómetros y más. La electrónica se ocupó de convertir el condensador y los platinos en elementos obsoletos.
En cambio, las bujías siguen siendo las mismas en la teoría y formas, pero sus materiales han mejorado y cambiado de una manera notoria, y si antes no sabíamos los metales que iban en los electrodos, que son el elemento que se gasta, ahora comprar bujías parece una tarea de joyeros. Ofrecen iridio, paladio, oro, rutenio, cobre y otros materiales exóticos, además de varias formas y cantidad de electrodos. Todos los vendedores en su mayoría los publicitan como incrementadores de potencia, reductores de consumo, pero los fabricantes se cuidan de decirle a la gente que esas bujías modernas pueden durar mucho más de lo que va a tener el vehículo, pues en el fondo eso reduce sus ventas si la gente no las pide rutinariamente como pasaba antes.
La bujía es muy simple. Conduce una chispa de alto voltaje directamente a las cámaras y produce la inflamación de la mezcla. Esa chispa proviene de la bobina y viaja a lo largo de un cable aislado con triple función: que no deje escapar la corriente, no emita interferencias a los equipos electrónicos y radio y, a la vez, para que el calor del motor no genere resistencia en la ruta. Luego, para pasar del cable o de la bobina directamente a la cámara, esa corriente necesita un transporte por un electrodo sólido, también aislado con una cubierta, que es la cerámica visible y reconocible. Este material resiste ese calor y no es conductor de la corriente positiva ni hace polo negativo.
La chispa tiene un voltaje positivo y para saltar debe producir lo que llamaríamos un corto circuito al encontrar un polo negativo, que es la masa, y esta la forma el cuerpo metálico de la bujía, el cual, a su vez, sirve para atornillarla a la culata donde la polaridad es contraria.
Entre el electrodo central positivo y la masa, que es el alambre que sobresale, se da todo el juego del encendido. Sin este pequeño proceso no hay motor y no es un juego de números simple. A 3.000 revoluciones del motor, la bujía debe asegurar que la chispa salte 1.500 veces por minuto, es decir, 25 veces por segundo. Si acelera hasta 6.000 rpm, el asunto funcionará 50 veces por segundo.
Adicionalmente, la temperatura en la cámara, que puede llegar a los 650 y más grados centígrados, es un enemigo para la conducción de esa corriente, y lo es también la presión de la mezcla que está en el momento de ignición. Por lo tanto, aunque simple y básica y de bajo costo relativo, la bujía tiene la mayor misión en el motor térmico de ciclo Otto y afines: hacerlos de combustión.
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